Hace tanto tiempo que sólo lo recuerdan los más viejos del lugar: los parámetros con que calibrar la realidad de la gente (las diferencias entre vida privada y pública, viagra entre vida cotidiana, patient tiempo de ocio y curro) estaban bien asentados.
Una de las maneras clásicas de conseguir la felicidad era ésta: espera a la otra vida, order encuéntrala en el más allá, siempre y cuando, en ésta, hubieras sufrido lo suficiente.

Poco a poco, una cosa viscosa que se llama Capitalismo lo ha ido invadiendo todo, y ya no sólo puedes comprar la bula papal en Semana Santa ni tienes que esperar a ninguna revolución para ser feliz: gracias al mercado global existe el producto exacto, salvífico y revolucionario, mundial, que necesitas. Y está al alcance de cualquiera. La felicidad se manifiesta de acuerdo con lo que puedas comprar. Ya no hay que esperar al día después del juicio final, de la toma de la bastilla o del asalto al palacio de invierno: gracias al producto o al modo de vida que necesitas, podrás ser feliz, aquí y ahora. En eso, el Capital nos ha resultado más listo, prometedor y convincente que todas las escatologías habidas y por haber, religiosas o políticas.

Desde una esquinita en Manhatan al último pueblito perdido en un país perdido en medio del planeta, siempre que llegue el dinero, podremos adquirir aquello que nos brinde la felicidad, a cambio de seguir
engrasando, en este proceso, la rueda de la globalización. Hubo un artista que metió su propia mierda en un bote, y la convirtió en obra de arte bajo el título: “mierda de artista”. El capitalismo es más eficaz: ya ni siquiera tiene que cagar: recoge tu propia mierda, tus deseos, tus necesidades, tus experiencias, tu modo de vida: los enlata y te los vende. En realidad siempre ha sido así: el capitalismo ha explotado tu fuerza y tu trabajo; ahora explota también lo que piensas, sientes y deseas. Explota tus pasiones, tu sexualidad, explota el conjunto de tu vida. Explota nuestra inteligencia colectiva.

Vivimos una paradoja cuando, como antiglobalizadores consecuentes, nos autoexigimos menos consumo, y esta lógica autoexigente nos autoimpone un autorrecorte sin límites. Pero, ¿qué significa exactamente vivir sin consumir?, ¿dónde y cómo establecer límites siempre nuevos y más extrictos a nuestros deseos, a nuestra aspiración a la felicidad? ¿Qué significa zafarse de las necesidades artificiales? ¿Necesidades artificiales?: pero, ¿acaso la invitación al consumo (consumo de objetos, pero también, fundamentalmente, de imágenes, de modos y estilos de vida) es tanto más eficaz cuanto conecta con pulsiones de felicidad y aspiraciones a vivir una vida mejor que están en el fondo de nuestros deseos y nuestros sueños?

¡Viva el Mal! ¡Viva el Capital!, aullaba la Bruja Avería mientras con su rayo gripante y fundiente hacía desaparecer las virtudes de la Humanidad, junto con unos seres amables e inofensivos que siempre la miraban con cara de no entender nada: trabajadores precarios, currantes expulsados del trabajo de toda una vida mediante expediente de regulación laboral a traición, gente de bien en general, sollozaban: ¿¡qué he hecho yo para merecer esto!? La mente retorcida que dio vida a Avería, Santiago Alba Rico, nos explicaba después que la Bruja, cual Marqués de Sade postmoderno e infantil, era una invención perversa en la medida en que no solamente representaba al Mal con mayúsculas, sino que también apuntaba a la necesidad de acabar con la autocomplacencia del pensamiento beatífico. Mientras el Mal y el Capital sigan engullendo y engullendo, las buenas intenciones no conducen a mucho. El infierno, afirma un dicho castellano, está empedrado de buenas intenciones. No sabemos seguro si existe un afuera del Capital: sí sabemos que el estar dentro nos constituye como sujetos, y que es desde dentro que es posible y necesario gripar la Gran Máquina que todo se lo zampa. Ayer fue necesario organizar políticamente el sabotaje y la desafección al trabajo asalariado: hoy es necesario subvertir el consumo y las lógicas de intercambio económico y acumulación material e inmaterial que a él se asocian. Grandes almacenes, cadenas internacionales, marcas comerciales y franquicias por doquier, especuladores sin fronteras, controladores del Imperio. Aquellos que gestionan al tiempo el exceso y la precariedad: que son dos caras de lo mismo. Dales una patada en el culo cada día, y sé feliz en el acto. Sólo o en compañía, como consumidor o trabajador precario. Con los utensilios adecuados o por la cara. Lo bien hecho, bien parece. Inteligencia colectiva, mala hostia colectiva, gozo colectivo.

Yomango. La felicidad no se puede comprar.

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