[mayo 2003]
De las acciones Yomango a la Guerrilla Mangueting
O de cómo efectuar el tránsito de Yomango como herramienta activista de acción directa a práctica de subversión de la vida metropolitana precarizada.
Documento teórico de los nuevos comandos hormiga Yomango, brazo (con manga larga) del Yomango (r).
1 de mayo de 2003
Y dale que te pego, todo dios, con la historia de la crisis del trabajo, la precariedad y el paro.
¿Pero alguien se acuerda de cómo curraban nuestros papis? ¿Y los papis de los papis de nuestros papis?
Hace un siglo, nuestros padres se desplazaban cientos de kilómetros por medios de transporte hoy inimaginables, para llamar a la puerta de, pongamos por caso, la empresa minera que estaba chupándole el jugo a la tierra en Las Encartaciones de Vizcaya o en cualquier otra zona similar de Canadá o Gran Bretaña, con el fin de alimentar la nueva poderosa maquinaria industrial.
Llegar a rastras a esa puerta significaba literalmente optar a sobrevivir viéndote transformado en una especie infrahumana. Dormir decenas de seres apiñados en un barracón insalubre desprotegido del azote del clima. Currar horas y horas hasta caer rendido en el tajo, a golpe de mallo. Si te machacas un dedo o te abres la cabeza, te buscas la vida. Cobras por lo que curras: si caes enfermo y no puedes venir, te jodes. Te apuntamos lo que curras, las toneladas de mineral que cargas a tu pobre espalda, pero también lo que comes y el gasto de barracón. Hay quienes, al final de una temporada de trabajo inhumano, descuento a descuento, cobraban una miseria. Alejados, durante meses, de sus familias y círculos de afecto... ¡sin móvil que echarse a la oreja! Si esto es un hombre...
Un día feliz alguien tuvo una epifanía: se le ocurrió dejar de trabajar por un día y a cambio ir todos juntos a casa del patrón a meterle bulla y no dejarle descansar. Por un día, estaba bien que el miedo cambiase de bando, y si la fábrica para, el dueño pierde pasta. Y si pedimos más salario, le descabalamos bastante las cuentas. Ese día el patrón empezó a intuir que era cuestión de tiempo tener que instalar un hospital o pagar a la gente mediante contratos de trabajo y no por curro a destajo. Pero también pensó (el capital a veces piensa mucho, al contrario de lo que normalmente aceptamos quienes nos creemos muy listos: es por eso que ellos llevan casi siempre ventaja) que las mejoras en las condiciones de vida de los trabajadores podría revertir también de alguna forma en la mejora de la producción. (Digamos ahora entre paréntesis: he ahí otra cosa que el capital hace como nadie, en todos los órdenes: tú te inventas algo y él te lo concede... a favor suyo. Sea en forma de derechos, estilos de vida o diseño de ropa.) Si el currante se desplaza adonde hay curro con toda su familia, mientras se parte el lomo en el tajo, pensó el patrón, su mujer le hace la comida y le calienta la cama, con lo que el tipo repone energías y rinde más. La parienta, por otro lado, pare como una coneja (los proletarios, ya se sabe, son simples en sus formas de ocio): más mano de obra, ejército de reserva para la industria, que la mami cuida y hace crecer con generosidad y afecto ilimitados, sin cobrar, hasta que la edad mínima laboral deja a los retoños a nuestra merced.
Todos contentos. Y es así que al poco tiempo el patrón instaló un hospital, ¡un economato!, y casas para los currantes, parienta y prole, proceso que acabó por derivar en colonias de trabajadores a pie de tajo o al borde de la fábrica.
Dos constataciones.
La primera. Nótese la sutilidad: esas mejoras en las condiciones de vida del currante, que ya era hora y hubo que arrancarlas con sudor de huelga y sangre de represión, aseguran también la calidad de su curro e intensifican el control sobre el conjunto de la clase que trabaja: TODA la vida de TODA la familia, no ya sólo la fuerza y el tiempo del proleta en el turno, están pendientes del curro asalariado. La totalidad del mundo de vida de la colonia trabajadora queda condicionada por el horario laboral al que el currela se somete a cambio de un salario que comprende tan sólo el tiempo que ficha. El salario te cubre tan sólo unas horas y el patrón condiciona todo tu tiempo y el de los tuyos. Súmale a esto que la pasta que te viene en salario le retorna también ocacionalmente, por ejemplo, en forma de alimentos que compras en su economato. Un mecanismo de explotación de veras sofisticado.
Segunda constatación. Según curras o rindes así cobras: a destajo. Si te machacas un dedo, a mí que me cuentas. Estáte pendiente de lo que yo necesite las 24 horas del día. Eso que exigían los patronos de hace más de un siglo... se parece mucho a lo que imponen los patronos de hoy. No es poca la diferencia, desde luego, entre sostener un pico en la mina y pegarle a la tecla del ordenador, vender hamburguesas en Burger Krieg o limpiar casas ajenas. Pero los detalles de este abismo entre formas de trabajo de entonces y de ahora lo dejamos para más adelante. Lo que interesa resaltar en este orden de cosas es que nos encontramos en un momento histórico en que el modelo productivo está sufriendo transformaciones tectónicas, del orden de las acaecidas en los periodos de implantación original del industrialismo. El industrialismo y su modelo fordista se van al carajo y las consecuencias, como al comienzo de la industria, se cifran en el orden de transformaciones sociales, culturales, antropológicas... bien profundas. Y el sueño del patrón, en río revuelto, es siempre el mismo: la completa disponibilidad del trabajador las 24 horas del día en cuerpo y alma: para lo que disponga, cuando disponga. Al mínimo de inversión. Con el mínimo de garantías y derechos.
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¡Hay que ver cómo han avanzado todos estos procesos de los que al comienzo nuestros papis casi ni se percataban! Un currante confesaba a Yomango, durante la encuesta que hemos venido realizando en los últimos meses, lo siguiente: �recuerdo perfectamente que la empresa en la que trabajaba mi padre desplegó todo un dispositivo paternalista para ir poco a poco controlando el mundo de vida de las familias trabajadoras mediante diversas formas de protección y mejora de nuestras condiciones sociales. Zonas recreativas para nuestros ratos de ocio en verano, apartamentos adquiridos por la empresa en playas atiborradas de gente, que, por sorteo, podían tocarnos con el fin de pasar nuestras primeras vacaciones en la costa; ayudas a nuestros estudios en la escuela, que permitía un control sobre el rendimiento de los hijos de los proletarios para así poder cooptar a los más destacados, con el fin de reponer los cuadros dirigentes de las élites económicas o políticas�. Total: la pulsión humana de sociabilidad, que en los ambientes trabajadores organizados en lucha venía dirigida a reforzar una identidad de clase y una conciencia antagonista que brrr no molaba nada, quedaba desviada, en el �pacto� social, a una sociabilidad dependiente del trabajo, una identificación fuerte con la empresa y un consenso tranquilizador para las élites. Nuestros papis, años nos ha costado a algunos reconocerlo, apenas tienen culpa: tales renuncias y asimilaciones han sido el precio a pagar por dejar de ser unos muertos de hambre cargados de churumbeles sin futuro. Poco importa que renuncias y asimilaciones al alimón se produjeran bajo el modelo blando del Estado del Bienestar o el modelo duro del franquismo. Lo importante a tal efecto es que poquito a poquito se realizó la asimilación de los trabajadores y cada vez más aspectos de la vida, ajenos en principio al trabajo productivo, se veían condicionados por el curro asalariado.
(Tres breves. Uno: gloria a quienes no se dejaron trabar y se constituyeron en depositarios históricos de la continuidad de las luchas antagonistas obreras. Dos: más acá de la épica política, las viejas estrategias de supervivencia de las familias trabajadoras pervivieron en microcosmos de afectos y solidaridades que en muchos aspectos se mantuvieron intactos frente a la mezquindad capitalista, patrimonio intangible que hoy disfrutamos como una herencia bendita. Tres: quienes mejor nos han interpretado todo esto son las mujeres. Invento formidable, el feminismo. Yomango es por eso la primera gran marca bastante feminista.)
Sin necesidad de dramatizar, diriamos que el perfeccionamiento de todo ese disciplinamiento social en el mundo contemporáneo es pasmosa. No se trata ya de que la vida dependa o sea subsidiaria del trabajo: es que la totalidad de la vida se ha puesto a trabajar. Si vas por Las Ramblas el año que viene, y llevas rastas, ropa cool o portas cara de felicidad, todo ello bastante común en Barcelona, no lo dudes: estás trabajando para el Fòrum 2004 de las Culturas. (Sonríe a la cámara.) Si vistes así o asao en tu barrio para mostrarte radical en tu orgullo marginal, Just do it!: te copio el estilo y lo convierto en las zapatillas que deseas... a precio prohibitivo. No te tragues el rollo del paro: la vida es un transcurso ininterrumpido entre trabajo y no trabajo (que son dos caras de lo mismo), donde la totalidad de tu tiempo está puesta a producir/consumir (que son dos caras de lo mismo). Y si se puede producir para el capital, paradójicamente, tanto dentro como fuera del tiempo de trabajo, es porque el capital explota bastantes más cosas que en el ciclo precedente: valoriza lo que sueñas, lo que deseas, lo que ingenias, el afecto por tus semejantes. Y no te paga un duro ni te da las gracias. Si curras en el McShit, te sueltan cuatro perras, sin garantías laborales, por vender hamburguesas, pero hay otras cosas que forman parte de tu tarea: poner buena cara, ser amable con el cliente. Si respondes al teléfono en un call-center, los mismos cuatro neuros, por: ser amable con el cliente, poner un buen tono de voz. Si diseñas páginas web en plan autónomo: me lo tienes para mañana y si has de currar 30 horas sobre 24 es tu problema, autoexplótate poniendo toda tu creatividad a disposición de mi imagen de marca, somete a mi servicio inteligencia, saberes, competencias que yo no te he financiado y que tú has adquirido habiendo sido partícipe del acerbo común de la formación social y cultural donde te ha tocado crecer. Las nuevas trabajadoras domésticas inmigrantes o la chica que cuida del bebé de la pareja de jóvenes profesionales liberales venden no tanto su fuerza de trabajo como la experiencia de afecto y cuidado, el trabajo de reproducción social históricamente acumulado en los ámbitos que el capitalismo consideraba no productivos. El fordismo quería que el trabajador asalariado fuera una nulidad afectiva, un ser mecanizado que rindiese sin pensar, subjetividad cero. El postfordismo reinvierte esta tendencia en cada vez más aspectos de la producción: sé emprendedor, güai que tomes iniciativas, pon toda tu creatividad o sensibilidad en el curro; me mola tu rollo tío, seguro que te llamamos... vamos a producir desde la materia prima de la inteligencia, el saber, el afecto colectivos, que tú encarnas en tu propio cuerpo, no para socializar la riqueza resultante: por el contrario, ya nos encargamos nosotros de que los beneficios asciendan como la sabia, reforzando la pirámide del mando. Brutalización de la mano de obra trabajadora ayer, alienación de la subjetividad social hoy. Pon tu plena subjetividad a producir en la nueva empresa total (... y sonríe a la cámara).
Cuando ya prácticamente no queda esquina del planeta por colonizar, la vida es la nueva terra incognita (cada vez menos incognita). Miente quien te diga que la fábrica ya no existe: hoy la fábrica es la totalidad de la metrópoli, una fábrica desbordada al conjunto de la vida social, cuyo arcaico prototipo fueron esas colonias de trabajadores a pie de tajo, con sus casas unifamiliares, su ambulatorio y el economato de la empresa. (Pensemos en cómo eso ha evolucionado hacia la transformación de los centros urbanos, de las periferias de las ciudades, de las grandes superficies donde la gente pasa el fin de semana viendo una peli, comiendo hamburguesas, tomando una cocacola, comprando chuminadas, sin salir del recinto.) Si no tienes ya una única empresa en la que reconocerte para toda tu vida de trabajador/no trabajador, es porque la identificación completa se da hoy con una forma de vida globalmente insostenible, insoportable, insufrible, incolora, inodora, insípida, aburrida de la muerte, tu identidad social fragmentada en el espejo roto y deformante de mil marcas que mantienen una ilusión óptica de libertad de opción y de diversidad de formas de vida.
Que no, que no te creas ya el rollo del paro y el trabajo. Da igual que tengamos curro o no: nuestra existencia consiste hoy en una vida puesta a producir/reproducir/consumir, un tránsito entre trabajo y no-trabajo en la fábrica-metrópoli postfordista.
¿Qué significaba para nuestros papis tener trabajo? Acceder al modo de socialización por antonomasia. Un trabajo de por vida era no solamente la garantía de supervivencia para él y para los suyos, sino también, y casi diríamos que fundamentalmente, el instrumento de integración y normalización social. ¿Qué significan hoy para nosotros los curros penosos entre los que vamos saltando y dando tumbos durante años y años, hasta que alguno que otro logra lo que llaman �establecerse�? Desde luego no es la manera principal en que nos socializamos, sino que se trata, sustancialmente, de instrumentos, puros y duros, para obtener la pasta que nos permita vivir y socializarnos con el mínimo de sofoco. Hoy, para qué negarlo, cuando alguien dice buscar trabajo, en realidad quiere decir: necesito dinero.
Los dos términos fundamentales en torno a los que pivota nuestra sujección actual son: miedo y chantaje. Miedo porque la inestabilidad de nuestros ingresos, de la relación entre salarios y gastos, de los contratos laborales o de alquiler de vivienda, etc., etc., etc., nos tiene siempre con el alma encogida. Chantaje porque las cartas están sobre la mesa: si tienes miedo de hundirte, acepta las condiciones de vida y salario que te ofrezco, que dan asco, con lo que vuelves a estar pillado por el vértigo de la inestabilidad... Y esto es lo que hay. Siempre en equilibrio precario.
Pensemos en un chainworker. Por ejemplo, una estudiante que, para poder completar la paga con que padre y madre le costean matrícula y alquiler de la casa (y en matrículas, alquileres de la casa y otras inversiones en la vida inestable de sus hijos, se le está sangrando a la clase media el pequeño capital que había acumulado durante décadas y décadas de sometimiento laboral), para completar su paga, decimos, curra en una gran cadena, pongamos por caso Pans&Asco. Llega el día de la huelga general, y el jefe le exige quedarse a pie de mostrador. ¿Quién le garantiza la continuidad del curro si se ausenta? ¿Qué puede ganar con una huelga general que pide el aumento de 3 puntos de porcentaje de esto y la anulación del punto 6 de lo otro o que la ley del trabajo de nosequé no afecte a los puntos, y dale con los puntos, de los funcionarios de nosecuántos? Para qué hablar del 1 de Mayo, día de los trabajadores (¿has dicho de qué?). Y cuando llega el fin de semana, si se quiere relajar, va con sus amigas... a visitar una gran superficie, donde meriendan... en Pans&Asco o cualquier otra cadena, que tanto da. El jefe le exije currar cuando no toca o le hace la pirula a la hora de cobrar, o no le respeta el ratito de ir a hacer pis: ¿qué demonio de huelga o jaleo va a montar, si este trabajo, en el fondo, se la suda, y ni en sueños piensa que es la tarea a la que se dedicará el resto de su vida? (Total, me voy a largar pronto... prefiero que no me echen antes de tiempo). Por el mismo motivo, vete tú a sugerirle que contacte con el enlace sindical de su rama laboral... (por no hablar de que, a lo peor, el tipo flipará con cómo habla y se viste esta chica. Y es que así no hay manera de entenderse con los sindicatos).
Nuestros hermanos y hermanas de Chainworkers (Yomango y Chainworkers juntos son como aquel encuentro casual de un paraguas y una máquina de coser en una mesa de operaciones: dos cosas tan marcianas como una gran marca anticomercial y un logo de trabajadores precarios coinciden en ser anticapitalistas, o como se diga) dan en el corazón del asunto. El capital te tiene sujeto por el miedo y el chantaje, y ni te canteas en el curro de lo inestable que es, un curro en el que, por mucho que lo aguantes, no te reconoces ni bajo tortura. Pero las mismas condiciones que nos imposibilitan para pensar en términos de subversión o rebelión o protesta, pueden ser revertidas.
Hace unos años, unos currantes de uno de los mayores McDonalds del mundo, el del Barrio Latino de París, tuvieron cerrado el establecimiento en una huelga durísima que sostuvieron durante semanas. La clave de su persistencia: este trabajo es tan mierda que, en el fondo, da igual que nos echen. Vamos a darle fuerte y continuado a la empresa porque lo máximo que puede ocurrir es perder un curro que nos trae sin cuidado. Y le pegaron duro donde más le dolía: en el brand, en la marca, dañando la imagen social que se asocia a McLibel con un entorno familiar idílico, mediante una campaña con una dimensión mediática inteligente. Ganaron el pulso y obtuvieron las mejoras exigidas.
Ahora mismito, en Milán, unos trabajadores del call-centre de Omnitel han montado otra huelga. Un piquete en la puerta señala a los esquiroles, mientras que una petición pública para que cualquiera que se sienta solidario con su huelga llamase entre tal y tal hora, ha conseguido boicotear el servicio de consultas telefónicas durante un buen rato. Interrupción del flujo de la comunicación mediante boicot telefónico a saco de la peña, no sólo de los trabajadores, desde su casa: mucho más eficaz, realista y acorde con los tiempos que haber convocado, como suele hacerse por inercia, un �gran� acto �de masas�, puramente demostrativo. Al loro con el matiz: una huelga laboral sostenida por una acción colectiva, acción que no constituye tanto un tipo de actuación solidaria en apoyo a los currantes, sino un tipo de boicot social eficaz que desborda los límites de la empresa como ámbito de antagonismo. ¿Qué es lo que está cambiando delante de nuestras narices?...
Lo interesante de esta experiencia es que algunos currantes en huelga, no por casualidad, han utilizado un lenguaje nuevo a la hora de denominarse. Cuando les tratan como trabajadores precarios, atípicos o temporales, ellos responden: nosotros, lo que somos, es precarios a secas. No es desde nuestra condición de trabajadores asalariados, sino desde nuestra situación de precariedad social, que hacemos esta huelga. No aceptamos reducir el significado de nuestra lucha a la mejora de las condiciones concretas de este trabajo, que en el fondo da asco y al que somos desafectos. Por lo que luchamos no es por perpetuarnos en este curro y no aceptamos la centralidad del trabajo asalariado en nuestra vida ni en nuestra lucha: al contrario, anhelamos poder gestionar nuestra propia flexibilidad y movilidad, poniendo freno y revirtiendo el proceso de precarización social, la pauperización de nuestra vida. Orgullo y dignidad precarios contra la precarización. Si ejercemos la lucha desde �este� puesto de trabajo, es porque, por azar, estamos aquí ahora. Pero desde donde �habla� nuestro antagonismo, es desde nuestra condición de sujetos sociales precarios. En suma: nuestro antagonismo se articula no desde la reivindicación del trabajo, sino desde la desafección al mismo; e intervenimos en �este� trabajo porque es un instrumento para aproximarnos al horizonte de una redistribución de la riqueza social diferente, que no pase necesariamente por la centralidad del salario. Es precisamente la negación a reconocer la empresa o el trabajo como ámbitos estrictamente demarcados para la lucha �sindical� lo que permite no solamente alianzas sociales y políticas más amplias y eficaces, sino también un tipo de nuevo imaginario antagonista que se desborda hacia lo social como un nuevo espacio de conflictualidad complejo.
Precarización del empleo, mejoras en las condiciones laborales, vale, pero... ¿cómo se cuantifica y se �sindicaliza� el derecho a respirar aire puro, a habitar una vivienda digna, a socializarse en espacios públicos auténticos, a generar autonomía social y formas de vida que merezcan ser vividas, a tener una experiencia plena y no una de segunda mano? ¿Cómo se �sindicaliza� el malestar colectivo difuso contra la precariedad social?
Golpeemos la imagen de marca, subvirtamos el universo simbólico comercial, boicoteemos el trabajo del mercado sobre el imaginario, generemos antagonismo en la dimensión comunicativa, intervengamos en el circuito de producción y consumo de bienes, imágenes, deseos... reforcemos la autogestión de una vida flexible en una perspectiva de deserción del trabajo esclavo.
En el último año, las acciones Yomango han proliferado como momentos de visibilidad que equivalen a las resplandecientes vallas publicitarias, en el corazón de la metrópoli, de la marca Yomango. Yomango ha funcionado, en este sentido, como un logo, una imagen de marca que salta a la vista del consumidor a través de eventos, dispositivos y canales comunicativos muy diversos: de los medios alternativos a la prensa más canalla, de los supermercados a los encuentros activistas, de los flyers a Internet. El paradójico logo Yomango sale a tu encuentro para transformarte en desconsumidor o prosumidor (como dice la gente del trueque allá en Argentina: productor+consumidor) que se identifica no con objetos, con cosas, sino con esa forma de vida que es el estilo Yomango.
Yomango, como las marcas hoy, no inventa nada: valoriza un tipo de prácticas capilares de resistencia a la conversión de la vida y el mundo en un gran supermercado, a la proliferación de grandes superficies comerciales hasta la consecución de la gran superficie comercial planetaria final. Yomango recombina, redefine, cataliza estas prácticas de insurrección cotidiana difusa articulándolas en un modo de vida visible y amenazador, al tiempo que inasible. (Yomango brilla por su ausencia: no es lo que se vé, sino lo que hay detrás.) Yomango no congela la inteligencia ni la creatividad colectiva en �cosas� que redundan en el enriquecimiento de unos pocos: busca enriquecer el común mediante la proliferación y la socialización de las prácticas, gramáticas y herramientas de insubordinación Yomango. Propone sustraer recursos, deseos, bienes y saberes de la lógica mercantil.
La nueva web www.yomango.net, además de la documentación exhaustiva de un año de difusión del �logo�, incorpora una sección de open-publishing, una suerte de yomango-indymedia, un fórum de las culturas-yomango donde realizar la puesta en común de saberes-yomango. Se busca así reforzar nuestro estilo de vida como una desobediencia capilar que organiza la defección en la vida puesta a producir. Yomango es también futuras formas de boicot y huelga de los nuevos sujetos sociales productivos, en el corazón de la fábrica metropolitana. Yomango: el estilo de vida del precariado social rebelde.
A los malos no les cuadran las cuentas. Parece ser que los comerciantes europeos pierden más de 30.300 millones de euros al año, 1.800 los españoles, por la dura competencia de Yomango. Fuentes solventes hablan de un 1'25% de pérdida desconocida en la distribución española. A las cosas que Yomango hace desaparecer de sus inventarios mediante juegos de magia, llaman �pérdida desconocida�. Y �robo hormiga� a la tarea extendida y sistemática de recuperación cotidiana de productos del supermercado (algo que todas, todas, todas hacemos). Con todo, si las pérdidas económicas son relevantes, más lo es la neurosis permanente en la que el comercio vive por causa de esta ecuación sencilla: el miedo y el chantaje que constituyen la base de la sujección del precario a una condiciones sociales y laborales paupérrimas, se traducen tendencialmente en insubordinación a la empresa total. Un manual reciente, producto de una seria investigación universitaria, ofrecía a los comerciantes graves consejos para paliar la pérdida desconocida. En uno de sus capítulos más interesantes, las apreciaciones sobre cómo identificar a los trabajadores susceptibles de cometer pequeños y constantes hurtos en el interior de la empresa, nos dan la pauta de hasta qué punto el capital es consciente de que la inseguridad que genera en el sujeto es un arma de doble filo. Y provoca en la empresa total una neurosis de peligro interno, la percepción de una situación inestable que es necesario gobernar de forma a veces sutil, a veces no tanto, lo que genera fuertes contradicciones: enfrentamiento entre minoristas y grandes empresas de distribución por la implantación de sistemas de alarma; someter al trabajador a un control estricto de sus ritmos biológicos durante el curro, mientras se le pide ser amable con el cliente y generar buen rollo colectivo con los compañeros; nuestro cliente es nuestro mejor amigo... por favor señora abra el bolso al salir por caja. Yomango trabaja para que el miedo, la inseguridad y la inestabilidad que afectan al precariado cambie de bando. Porque su equilibrio, como el nuestro, es también precario. La pérdida económica de las multinacionales y las grandes marcas, decíamos, es importante: pero lo es más sabotear la legitimidad de su imagen de marca, interrumpir la identificación inmediata entre el logo y la falsa idea de que no hay vida inteligente más allá del mercado. Intervenir creativamente en el imaginario colectivo.
La imagen es hermosa: una multitud de hormigas organizadas a su bola que van carcomiendo las vigas de un sistema que se pretende omnipotente sobre la vida, que atacan con constancia y voracidad la estructura del comercio a gran escala. Cuanto mayor el sistema, más poroso. Y la gama de prácticas que comprende el estilo de vida Yomango es por tanto infinita. Yomango cenas con mis amigos, por la puesta en común de saberes y sabores. Yomango ropa: siéntete guapa. Yomango porque el mercado se apropia del deseo y la creatividad que son nuestras, y nosotros desapropiamos: porque la felicidad no se puede comprar y el mundo no está en venta. Yomango: la lista de la descompra.
Los �comandos-hormiga Yomango� van a merendar al súper: devoran en la sección de alimentación de acuerdo con la lógica de los grupos de afinidad (exploración del territorio a confrontar, planificación de objetivos, distribución de roles durante la acción) y se largan tan panchos sin atisbo de peligro. Abren las bolsas de magdalenas y destapan las botellas de leche y los tarros de conservas, que irán a parar a las pocas horas a las manos de la multitud que recicla comida al cierre y a la salida de los grandes supermercados. Piquetes Yomango durante las huelgas de precarios en las cadenas de comida rápida o de comercio masivo. Yomango en el transporte público privatizado (?), porque hay que tener poca vergüenza para públicas a las cosas privatizadas (el transporte, el espacio urbano del centro de la metrópoli...). Aplico a la factura de la electricidad la línea clásica de autorreducción Yomango, lo que más se lleva en la colección otoño-invierno (qué palo, los radiadores eléctricos) y a la del agua, porque hay que tener cara para acabar privatizando el agua, el aire, el sol, el soplo del espíritu santo y hasta nuestro adn.
Haz proliferar esas prácticas capilares sobre el tejido social colonizado por el comercio y ponlas en común en el dispositivo de confluencia Yomango.
No queremos trabajo: queremos dinero. Porque darse dinero libera del dinero: renta básica para todos y autogestión de nuestra flexibilidad de vida atajando la dinámica de precarización social. Yomango es reapropiación de rédito sin esperar reformas futuras: apropiación de lo que necesitas para sentar las bases de una vida autogestionada, desapropiación de bienes y recursos para organizar una esfera pública no estatal ni mercantil, formas de sociabilidad no capitalistas, el éxodo colectivo del trabajo gobernado por el mando.
Yomango... ¿Lo quieres?...
¡¡¡Lo tienes, carajo!!!
Yomango, Barcelona y Milán, MayDay003, 1º de Mayo del precariado social rebelde.
VISITE NUESTRA WEB: http://www.yomango.net
Y también:
MayDay003: http://www.chainworkers.org/chainw/mayday003/autonomo_hispano.htm
Info actualizada MayDay003: http://italy.indymedia.org/archives/archive_by_id.php?id=678
Chainworkers: http://www.chainworkers.org
ESA (EuroSocial Activism): http://www.eurosocialactivism.org