¿Pero qué es la realidad?

[Publicado en el primer catálogo Yomango, primavera-verano 2002]

¿Hasta dónde llega la realidad, cuáles son sus contornos?
Pero, ¿qué realidad?

Hace tanto tiempo que sólo lo recuerdan los más viejos del lugar: los parámetros con que calibrar la realidad de la gente (las diferencias entre vida privada y pública, entre vida cotidiana, tiempo de ocio y curro) estaban bien asentados.

Una de las maneras clásicas de conseguir la felicidad era ésta: espera a la otra vida, encuéntrala en el más allá, siempre y cuando, en ésta, hubieras sufrido lo suficiente.

Poco a poco, una cosa viscosa que se llama Capitalismo lo ha ido invadiendo todo, y ya no sólo puedes comprar la bula papal en Semana Santa ni tienes que esperar a ninguna revolución para ser feliz: gracias al mercado global existe el producto exacto, salvífico y revolucionario, mundial, que necesitas. Y está al alcance de cualquiera. La felicidad se manifiesta de acuerdo con lo que puedas comprar. Ya no hay que esperar al día después del juicio final, de la toma de la bastilla o del asalto al palacio de invierno: gracias al producto o al modo de vida que necesitas, podrás ser feliz, aquí y ahora. En eso, el Capital nos ha resultado más listo, prometedor y convincente que todas las escatologías habidas y por haber, religiosas o políticas.

Desde una esquinita en Manhatan al último pueblito perdido en un país perdido en medio del planeta, siempre que llegue el dinero, podremos adquirir aquello que nos brinde la felicidad, a cambio de seguir engrasando, en este proceso, la rueda de la globalización. Hubo un artista que metió su propia mierda en un bote, y la convirtió en obra de arte bajo el título: "mierda de artista". El capitalismo es más eficaz: ya ni siquiera tiene que cagar: recoge tu propia mierda, tus deseos, tus necesidades, tus experiencias, tu modo de vida: los enlata y te los vende. En realidad siempre ha sido así: el capitalismo ha explotado tu fuerza y tu trabajo; ahora explota también lo que piensas, sientes y deseas. Explota tus pasiones, tu sexualidad, explota el conjunto de tu vida. Explota nuestra inteligencia colectiva.

Vivimos una paradoja cuando, como antiglobalizadores consecuentes, nos autoexigimos menos consumo, y esta lógica autoexigente nos autoimpone un autorrecorte sin límites. Pero, ¿qué significa exactamente vivir sin consumir?, ¿dónde y cómo establecer límites siempre nuevos y más extrictos a nuestros deseos, a nuestra aspiración a la felicidad? ¿Qué significa zafarse de las necesidades artificiales? ¿Necesidades artificiales?: pero, ¿acaso la invitación al consumo (consumo de objetos, pero también, fundamentalmente, de imágenes, de modos y estilos de vida) es tanto más eficaz cuanto conecta con pulsiones de felicidad y aspiraciones a vivir una vida mejor que están en el fondo de nuestros deseos y nuestros sueños?

¡Viva el Mal! ¡Viva el Capital!, aullaba la Bruja Avería mientras con su rayo gripante y fundiente hacía desaparecer las virtudes de la Humanidad, junto con unos seres amables e inofensivos que siempre la miraban con cara de no entender nada: trabajadores precarios, currantes expulsados del trabajo de toda una vida mediante expediente de regulación laboral a traición, gente de bien en general, sollozaban: ¿¡qué he hecho yo para merecer esto!? La mente retorcida que dio vida a Avería, Santiago Alba Rico, nos explicaba después
que la Bruja, cual Marqués de Sade postmoderno e infantil, era una invención perversa en la medida en que no solamente representaba al Mal con mayúsculas, sino que también apuntaba a la necesidad de acabar con la autocomplacencia del pensamiento beatífico. Mientras el Mal y el Capital sigan engullendo y engullendo, las buenas intenciones no conducen a mucho. El infierno, afirma un dicho english, está empedrado de buenas intenciones. No sabemos seguro si existe un afuera del Capital: sí sabemos que el estar dentro nos constituye como sujetos, y que es desde dentro que es posible y necesario gripar la Gran Máquina que todo se lo zampa. Ayer fue necesario organizar políticamente el sabotaje y la desafección al trabajo asalariado: hoy es necesario subvertir el consumo y las lógicas de intercambio económico y acumulación material e inmaterial que a él se asocian. Grandes almacenes, cadenas internacionales, marcas comerciales y franquicias por doquier, especuladores sin fronteras, controladores del Imperio. Aquellos que gestionan al tiempo el exceso y la precariedad: que son dos caras de lo mismo. Dales una patada en el culo cada día, y sé feliz en el acto. Sólo o en compañía, como consumidor o trabajador precario. Con los utensilios adecuados o por la cara. Lo bien hecho, bien parece. Inteligencia colectiva, mala hostia colectiva, gozo colectivo.

Se trata de crear nuevos gestos que, en su repetir, abran nuevos mundos en los que habitar.
Yomango. La felicidad no se puede comprar.


este texto esta exelente

este texto esta exelente ¡aunque hay parte q no entendi muy bien pero ya lo tengo para volver a leerlo!
estoy seguro de q ah mas de uno le guta lo q dice !!!
bay : jl1855@yahoo.es


Yomango el mundo – 15 Marzo, 2006 – 23:01

Mola esta web

Me gusta este sitio; comparto las mismas ideas, supongo. Aunque lo que si que lamento es que lo esencial de esta web quede enterrado por lo superficial: como mangar en un centro comercial. No veo nada "poético" en robar y muy agusto daría una buena ostia a alguien que le veo mangando (típico pelo-olla, que para más cojones tiene dinero de papá, pero prefiere gastárselo en porros en lugar de en una psp... tengo un odio total contra estos criajos malcriados, todo lo malo que les pase es poco).

Trabajo en un centro comercial, soy ya un veterano. No mango ... uso la impresora para mis cosas, me descargo ficheros desde el curro, etc... pero hicieron un buen trabajo conmigo de pequeño y me siento incapaz de robar (o hurtar, vaya). Lo que si que hago es tocarme los webos todo lo posible, meter mis horas porque necesito una nómina me guste o no. Vacilo a los clientes, me hago el subnormal (o mejor dicho, rebajo mi nivel al de mi nómina). Otras veces con los que son majetes, todo lo contrario. Asesoro y echo los cables que hagan falta.

Para mi la culpa no la tiene la bestia, la culpa la tienen los que la alimentan. Señoronas enjoyadas que quieren que les atiendan. Señorones con tufo a cognac o a café agrio que, mientras aguantas su aliento, te preguntan como es eso den güifi o dónde están los uesebés y para qué son.... Ya sé que es un pensamiento fascistoide, pero es verdad: no todos somos iguales, hay un enorme porcentaje de gente sin sentido crítico y con actitud borreguil, y como animales que son, así hay que tratarles. En resumen, trabajar lo mínimo posible sin que te despidan y tratar a los clientes lo mínimo posible. 6 euros a la hora que pagan no dan para más.

Me ha llamado la atención que se mencione a la bruja avería. Conozco a Lolo Rico personalmente, por ser una de mis clientas. Pese a todas las apariencias de adelantada a su tiempo, revolucionaria e innovadora, me parece una persona con un ideal completamente contrario al que parece predicar.

Recuerdo la víspera de Reyes. Ahí entra a las 21:50 ... poco antes de cerrar. Se acerca a mi:
- Oye, ¿a qué hora cerrais?
- Cerramos en diez minutos.
- ¿Pero como es posible? En otros sitios no cierran, están abiertos hasta medianoche.... ¡y hay un ambiente! Tendríais que tener abierto.
Me encojo de hombros y le devuelvo una sonrisa, como si tuviera razón.ç

Quizás esta señora, ex-guionista de un programa infantil, no se da cuenta de que quizás hay gente que me espera en casa y que también hay gente que espera de mi que les regale algo... Me dió la sensación de ser una señora triste, a la espera de la muerte, sin un ápice de vitalidad.

En fin, que vida más perra.... y todavía tenemos que agradecer que tengamos que llevarnos algo a la boca o que no nos corten los brazos con machetes...


Anónimo – 26 Enero, 2007 – 13:52